“Aberración legal”, sentenció el abogado (que era además diputado) mientras ponía su mejor cara de jurista bien vestido; ese cerdo, ese puto tapado que desea que la justicia siga tan escondida como la verdad de su vida. El periodista lo miró y sin asentir revisó en sus papeles para ayudar a su memoria y poder seguir el hilo de la entrevista.
“Diputado, hay quienes consideran que la ley es de por sí aberrante”, dispara el periodista implacable. “Mire, esta ley fue ratificada por la ciudadanía en 1989 en un referéndum, ¿para qué revolver el pasado cuando ya fue sentenciado?”, prosigue el diputado cerdo, “además, ya se han procesado a varios de los mayores responsables, y todo parece indicar que proseguirán las investigaciones”.
Algo en mi cara de televidente se crispa, siento como la comisura del labio superior se eleva, el labio inferior se contrae y así mi cara adquiere la mueca del asco más concreto. Yo soy televidente y no me gusta lo que estoy viendo y escuchando, no me gusta que ese cerdo esté profiriendo esos salvoconductos propios del abogado que intenta defender a un violador solo “porque-es-su-trabajo”. “Suerte que la gente no se deja llevar por un cerdo pintado para la televisión”, pienso para poder cenar sin que la comida me caiga pesada.
Al otro día, en un bar, charlando con unos amigos y otros desconocidos, tomando alguna que otra cerveza escuché a alguien decir: “yo no voy a votar la rosada”, me sorprendí, sin embargo creí estar en la antesala de un posible argumento; “me parece una aberración legal anular una ley”, continuó nuestro interlocutor, “bueh” – pensé para mis adentros -. “Más bien, además, la ciudadanía ya ratificó esa ley en el 89”, dijo una flaca rubia sentada al lado mío. “Cerrá y vamos”, pensé mientras tomaba mi cerveza y deseaba ser tragado por el sofá.
lunes 2 de noviembre de 2009
Anécdota previa al 25 de octubre
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